En esta hora distante, donde mis pensamientos se funden con el inexorable rugir de la ciudad al despertar,


me asomó distante a la ventana de unos ojos yertos que se mecen serenos sobre las líneas del periódico matutino, mientras la arena del tiempo se desliza imperceptible en el espacio vacío entre mis dedos y mis días…


Repentinamente las difusas líneas se hacen figuras, delicadas figuras que recuerdan serenamente el grisáceo tornasol de la caricia final…


Se abrazan en el aire con el humo que del café desprende, bailarinas de ballet que lentamente se desvanecen en la atmósfera, y en un suspiro incólume, funden su final con la brisa del alba.

Ya no existen ante mis ojos, ahora solo son un susurro enredado en las hebras de mi enmarañada melena…


Las letras, antes ligeras, se desprenden torpemente de su levitación, desplomandose pesadas sobre el papel que hace un microsegundo yacía deshabitado…

Y entonces me pregunto si llegada la hora del ineludible óbito me fundiré también con la bruma de las primeras luces

danzando despacio,

transfigurada en humo,

envuelta en mil letras,

oliendo a café…

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